Un
apunte en lápiz en la parte superior izquierda de la primera página, 2/6/59,
otro a la derecha, 75, supongo son pesetas. En la segunda página: ANCORA Y
DELFÍN. 168, debajo, MIGUEL DELIBES. - LA HOJA ROJA. Y más abajo, con una letra
infame, Melilla agosto 1959 y una firma, la de mi padre.
En 1959 yo tenía 4 años, y mi padre, dueño y lector
del libro, 42. Yo lo leí con veintitantos y el mismo libro físico, con sus
hojas amarilleadas por el tiempo, lo he vuelto a leer con 63, ya sin mi padre,
después de 35 años como médico de familia.
Los libros no cambian, este tampoco, pero cambiamos
los lectores. No se siente lo mismo, no se percibe lo mismo después de tantos
años de experiencia. Los hijos perdidos, los amigos desaparecidos, el desapego
de las familias, historias una y mil veces contadas, repetidas como si fuera la
primera vez que se cuentan, el deterioro de la edad, eso que vemos todos los
días en nuestras consultas de médicos de familia.
La hoja roja de los papeles para liar cigarrillos
indicaba que quedaban ya pocas para el final. Este es el tema del protagonista
de la historia, Don Eloy, recientemente jubilado, que no deja de decir que a él
ya le ha salido la hoja roja. Él está de más en todos los sitios, en la óptica
donde revelaban sus fotos cuando tenía dinero, en la casa de su hijo, notario
con gran esfuerzo familiar. En todos, excepto en los paseos diarios con la
compañía de su amigo Isaías. Con él y con los recuerdos comunes de los
compañeros de antaño. Y en su casa, con la Desi, su cuidadora y
coprotagonista. Un mundo de injustos contrastes, que algunos hemos vivido y que
nuestros hijos desconocen y desconocerán, a menos que lean este libro sencillo,
de clara prosa castellana. Tragedias de un mundo rural violento, esa
violencia y ese contraste que pueden tener un paralelismo en la actualidad, en
la desigualdad y la violencia machista.
Pero no es de esto de lo que quiero hablar, es de la
hoja roja, de los finales. Con mis pacientes pasa algo similar, de vez en
cuando, en la lista del día, al lado de un nombre, sale una flecha roja, que
indica que ya no están con nosotros, ha desaparecido de la historia de activos,
y que van a formar parte del fichero de "históricos": es la ley de la
burocracia.
Sé que, en un futuro, yo también seré una flecha roja,
primero como profesional y luego como paciente. No me indigna, es como la ley
natural, todos desapareceremos. Pero, mientras tanto, me reconcome que no nos
tomen en cuenta, que no nos informen. Que María acuda indignada a decirme, con
razón y con toda la confianza del mundo: “Doctor, no me ha llamado, no me ha
dicho nada, hace tres meses que murió mi marido, después de tanto tiempo...”
Y yo, con unos ojos de pasmarote, le diga que lo siento, que me perdone, que no
tenía ni idea, que, por desgracia, esta empresa nos considera, a su marido y a
mí, meros números. Si no fuera así, podrían haberme escrito una carta o un
correo electrónico comunicándome que el paciente, al cual he cuidado
durante 30 años en su caso, ha fallecido. Ya sabría yo cómo darle el pésame.
Para mí no ha sido un número. Ninguno es un número, todos tienen o han tenido
nombre, historia, familia y una vida que, a ratos, hemos compartido. No
costaría mucho y sería un detalle para humanizar, de verdad, la medicina.
Como les digo a mis compañeros, poseo dos cualidades
que me permiten no tener que morderme la lengua, una, soy fijo y otra, a mí
también me ha salido la hoja roja.
Con cariño para María y
para mis pacientes de la flecha roja.

