No es fácil, en estos días, poder hacer
esta afirmación, pero con satisfacción, puedo decir que me he sentido
médico de familia.
Un lunes, un día cualquiera, pasaba
consulta con Isabel mi R4, fue un día complicado cómo son todos los lunes. A
media mañana nos dieron un aviso domiciliario por una paciente crónica con una
complicada situación clínica, social y familiar. Además de todos sus problemas
crónicos, se encuentra inmovilizada, imposibilitada para andar, sobre todo para
bajar los dos pisos de una casa sin ascensor. Está bajo el cuidado de una hija
con problemas de salud mental. Desde hace mucho tiempo, machaconamente,
sin éxito, les he dicho que ambas precisan de cuidados especiales.
Al final de la consulta, 14,30, fuimos al
domicilio. La hija nos abrió la puerta y comprobamos que en el suelo había
mucha sangre y en su muñeca izquierda un corte profundo, estaba muy
agitada. Asustados y pensando que lo primero que había que hacer era preservar
la seguridad de su madre, Isabel, llamó a la ambulancia psiquiátrica. A la hora
y media, motu proprio, se vistió para que la llevaran al hospital. En esa
larga hora y media en la que le acompañe, mientras Isabel ayudaba a la madre,
pasaron ante mí 31 años de medicina de familia.
Conocí
a la familia en 1988, cuando llegué
al centro. Por desgracia tuvimos (incluyo a Milagros enfermera de
familia de
muchos años) que acompañarlos en una difícil travesía, la muerte de su
hermano
joven, la de su padre y a la terrible disolución de una familia por los
estragos que producen los problemas de salud mental. En lo que fue una
casa limpia y ordenada, como un ama de casa de
las de antes sabía tener (trabajo ni remunerado ni reconocido, no deja
hueya ni derecho a pensión) ahora hay una casa en decadencia. El
tiempo, la
enfermedad y la falta de recursos, son un cóctel
terrible. La ambulancia no llegaba y había que hacer algo. Hay algo
instintivo cuándo veo a alguien sufrir, me sale de dentro cogerle, darle
la mano, es un intento físico para que sepa que yo estoy allí para ayudarle,
que tenga la percepción que tiene algo/alguien donde agarrarse. Puede servir un instante
para calmar, pero la ambulancia no llegaba y había que hacer algo más.
Iniciamos un viaje a las vivencias de su infancia, de sus intentos de suicidio,
de la muerte de su hermano y de su padre. Que se puede decir cuando una persona
te dice que hace años que no se siente feliz, pocos momentos que ella recuerde.
Tenía colgadas de la pared fotos de un hermano joven y guapo, de una familia feliz,
de un padre querido, de la joven que fue. Me contó su deambular por una casa de
acogida por un problema de violencia de género, su caída en el abismo del
alcohol. La mala suerte que tuvo cuando se tiró al metro y se quedó en un
hueco. Tuve que cambiar de registro, alguna luz habría entre tanta sombra: mi
hermano era un cachondo, muy valiente en su enfermedad, fuimos a ver lo que iba
a ser su tumba, quería una lápida para que nadie pisara el suelo dónde iba a
estar enterrado, siempre alegraba las reuniones de los hermanos. Su padre la
llamaba por su apodo cariñoso. Los cuidados que le profirió antes de morir.
Reuniones alegres de todos los hermanos durante una época
feliz. Recordaba lo bien que nos portamos con su hermano y su padre (en aquella
época no había ni paliativos ni retrovirales) la enfermera y yo, estaba muy
agradecida. Treinta y un años que vamos dejando en el haber de nuestros
pacientes. Poco a poco se fue relajando, dejó de estar agitada, terminó
reconociendo que necesitaba ayuda. Se vistió y no opuso resistencia a la
llegada de la policía con los responsables de la ambulancia psiquiátrica, una
hora y media después.
No es fácil enfrentarse a los pacientes
agresivos, se necesita seguridad, formación y empatía. No olvidar dar el
mensaje constante, le llaman longitudinalidad de
la atención, de que estamos para ayudarles (si es que realmente nos lo
creemos) y razonarles que, a veces, puede ir en contra de lo que
ellos piensan. Todo contacto se apunta en el haber y el debe de nuestra
relación, si lo hacemos bien, llenaremos nuestro haber.
Isabel, mi residente, no pudo acudir a su
curso de electrocardiogramas, le pareció más interesante esta experiencia. Salimos
de la casa una hora y tres cuartos después, a las cuatro y cuarto. Los dos, un
tanto desasosegados pero satisfechos, nos pareció que no habíamos perdido el
tiempo, al fin y al cabo, somos SUS MÉDICOS DE FAMILIA.
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